El gato no dijo nada.



Hacía menos frío junto al Sena que en las calles, y Oliveira se subió el cuello de la canadiense y fue a mirar el agua. Como no era de los que se tiran, buscó un puente para meterse debajo y pensar un rato en lo del kibbutz, hacía rato que la idea del kibbutz le rondaba, un kibbutz del deseo. "Curioso que de golpe una frase brote así y no tenga sentido, un kibbutz del deseo, hasta que a la tercera vez empieza a aclararse despacito y de golpe se siente que no era una frase absurda, que por ejemplo una frase como: "La esperanza, esa Palmira gorda' es completamente absurda, un borborigmo sonoro, mientras que el kibbutz del deseo no tiene nada de absurdo, es un resumen eso sí bastante hermético de andar dando vueltas por ahí, de corso en corso. Kibbutz; colonia, settlement, asentamiento, rincón elegido donde alzar la tienda final, donde salir al aire de la noche con la cara lavada por el tiempo, y unirse al mundo, a la Gran Locura, a la Inmensa Burrada, abrirse a la cristalización del deseo, al encuentro. Hojo, Horacio", hanotó Holiveira sentándose en el parapeto debajo del puente, oyendo los ronquidos de los clochards debajo de sus montones de diarios y arpilleras.



Julio Cortázar Rayuela Cap. 36





viernes, 25 de mayo de 2012

PEQUEÑAS ELUCUBRACIONES




Abrían sus brazos para trazar puentes, pero emergían muros. Se enviaban besos como mariposas, estampándose con sus alas desplegadas contra la imperturbable roca. Sus caricias caían fulminadas como pájaros al impacto del cristal. Recogían sus cuerpecillos todavía tibios, y los depositaban en exiguos túmulos que luego decoraban con ramitas de arbusto y las hojas cobrizas que se desprendían del tocado del viento. Las colocaban con mimo, imitando la disposición de las estrellas en las que arropaban su cuerpos al llegar la noche. Les dieron el nombre de poemas.  




A ti,
Quizás el poema nace de un intento de comunicación frustrado, del beso roto, de la cáscara vacía del amor que echó a volar. De los brazos del frío envolviéndonos en la mañana de nuestro nacimiento. “El frío es tan silencioso, su voz en nada se parece al latido de tu corazón, madre”. Del oxígeno ensartándose dolorosamente en nuestro primer aliento, en un traumático paso hacia nuestros pulmones. Escribimos como peces que boquean espasmódicamente para agarrarse a la vida. Escribimos con nuestro primer llanto. Nuestras letras son puro instinto de supervivencia. Nacimos solos y moriremos solos. La vida es el lapso entre esas dos soledades. Escribimos para el olvido, o el exorcismo. Escribimos como quien tiende puentes a la espera de que el otro recorra el camino desde su propio lado. Por la mera posibilidad de que esto suceda, aunque nunca sepamos. Te escribo a ti, por todas esas razones que tú ya sabes y que a veces finges no saber. Por todas esas razones que se resumen en una. A ti que a veces te sientes como una mera excusa para mi escritura, pero tú mejor que nadie deberías saber que vida y escritura son para nosotros como las aguas de un río confundiéndose con las del mar en la desembocadura. ¿Cómo separarlas?. Escribo aquello que podría decir con un suspiro, un balbuceo, una carcajada, o una mirada(pero no, no puedo).Escribo desnudez porque no tengo pudor en la palabra. Escribo amor mientras mi sangre fluye. Y mientras escribo soy viento, lluvia, mar, tu pelo negro. Escribo para alcanzar esa comunión del sueño cuando me leas.

jueves, 24 de mayo de 2012

FESTEJOS



  

A mis amigas Bego, y Marta, y para mí misma porque cuando estamos juntas nos festejamos. Por cierto, aceptaré cualquier penitencia que me sea impuesta por haber usurpado el verso de Walt Whitman







En el curso del ciclo lunar
el cuerpo de mujer
cae en otoño
El árbol femenino
pierde hojas,
retornando al estado larval
Se le vuelve la carne
del revés,
viste su útero
como un bolsillo por fuera
Esos días
-por los siglos de los siglos-
camina encorvada
bajo el peso de la sospecha:
vida y muerte confluyen
en la sangre que ella mana

Y YO RECLAMO
mi cuerpo de mujer
PRIMAVERA
Porción de tierra
que en surco se abre,
la nombro latencia,
podría clamar brote

Y YO ME CELEBRO:
Celebro mi cuerpo y sus estados,
agua en la naturaleza
estado líquido,
sólido,
gaseoso
Celebro el cuerpo del hombre
sea cuenco,
abrazo,
nube migradora de lluvias
Celebro
la continuidad de la vida
de la que mi cuerpo es
perfecta metáfora

miércoles, 23 de mayo de 2012

LA PARTIDA

La imagen la tomé de aquí Naranja Bleue



Como el sol
atravesando celosías
visto con mi luz
tu piel de sombra
Dos cuerpos ajedrezados
conforman un tablero
por el que se impone
nuestro espíritu combativo,
siempre en guardia
Peones abren el juego
con estrategia de caricias,
las torres secundan
a mandobles de besos,
alfiles avanzan
en oblicuas de deseo,
y caballos cabalgan
con la heroicidad de la sangre
Pero es mi reina
en libertad de movimientos
quien irrumpe
con su talante temerario y belicoso
para cambiar el designio de esta partida
Y ya no retrocederá
a pesar de las heridas
ni del plomo incandescente hendiendo su carne,
hasta que tus ejércitos
caigan en su celada
y al fin derribe victoriosa
a tu absolutista y arrogante
rey negro

lunes, 21 de mayo de 2012

ESTAMPA DE LLUVIA

Imagen sustraída de la red. Desconozco autor. 



He de ser yo, pero hoy llueve puro amor en las calles. Hace calor y el cielo nos sonríe gotas frescas sobre la cara. Me regenero victoriosa como la flor a la que le faltaba un milímetro de sequedad para mustiarse.  De igual modo mis labios inánimes recuperan el color a cada pincelada de tu saliva. A veces parece que vivimos en un mundo de ocres, o de grises, y existen casos de personas que se constituyen en un mundo de sepias. No hay cosa que me cause mayor melancolía que la gente sepia.  Y es curioso, porque de vez en cuando me planteo si la gente sepia en realidad lamentará su situación. Seguramente el hecho de mencionarles esa tristeza que me invade al verles despertaría su hilaridad, y quizás alguna que otra impertinencia. Pero cuando me los encuentro yo sólo deseo que caiga una lluvia como esta de hoy y les dé brillo con su vivo barniz. Del mismo modo tonto con el que acostumbro a dejar caer alguna pregunta de la que no busco respuesta, te cuestiono: ¿qué es lo que la gente teme del agua? Para quitarles el miedo podría escribir que cuando llueve los árboles del cielo se despojan de sus hojas. Gritar que cada charco es la piel del firmamento que se escama. O definir las gotas que golpean el cristal como la luz de las estrellas lejanas, condensada y líquida. Las veo brillar sobre tu pelo y es como si te hubiese coronado una galaxia. A veces también me gusta pensar que esta lluvia que cae llegó hasta mí atravesando océanos, y tiene su origen en lugares lejanos. Quizás esta lluvia que me moja es la misma que hace un tiempo despertó de su sueño a las flores rezagadas en el balcón de mi amiga. O si me apuras quizás es la misma que hace unos días se deslizaba por la nuca del hombre del sueño, y en este preciso momento sobre mi piel prolonga una caricia que se augura más allá del tiempo y de la distancia. Lo que quiero decir-si es que quiero decir algo, porque sencillamente lo único que estoy haciendo es tirar y tirar de uno de esos hilos que a veces cuelgan del aire-es que esta lluvia es puro amor, y que bajo sus húmedas enaguas se circunscriben de igual modo árboles, hombres, gatos y mares.  Y ante mis ojos y en ella veo renovarse ese mundo que a veces es ocre, otras gris, y, lamentablemente, de vez en cuando sepia. Y como por milagro todo es de un intenso y vívido color lluvia. Y, de un modo extraño, todo “es” más…

viernes, 18 de mayo de 2012

PÁJAROS

La imagen es un regalo de mi amiga poeta Noelia Palma



De lo que nadie habla es de que cuando alguien se muere, una tromba de pájaros negros irrumpe volando a través de su pecho. Yo los vi cuando él definitivamente se fue. Los vi surgir de su cuerpo, y precipitarse a través del cristal en el que ya se esbozaba la noche. Recuerdo mi asombro cuando el cristal no  se rompió, pero tampoco les impidió el paso, como si fueran aquéllos  “pájaros del espíritu”, y creo que de ese modo como siempre los pensé. También vi como iban a posarse en el árbol del jardín. Sus ojos amarillos centelleaban a través de las ramas, y los pude sentir fijos en mí, acariciadores, del mismo modo que el aire debe sentir el polvo que sobre él se desmigaja en motas de luz, cuando el sol entra en una habitación.  Quizás estos pájaros del espíritu tienden a alejarse hasta que encuentran el primer árbol, y en él anidan. Pero ocurrió que en este caso el primer árbol está en el jardín de nuestra casa. 


Los días siguientes a su muerte fueron tan ajetreados e irreales que apenas volví a pensar en los pájaros. Las visitas de condolencia no dejaban de sucederse, y yo únicamente deseaba que el funeral pasara ya, y así poder reflexionar con calma en todo lo que había acontecido, y poder dolerme en la libertad que entraña la soledad. Cuando todos por fin se marcharon, incluida mi querida hermana a la que tuve que convencer con una sonrisa mal dibujada en la boca de que estaría bien y que no cometería ninguna locura, subí hasta mi cuarto y dejé que las lágrimas arreciaran al tacto de mi cama. No podría explicarlo, sólo deciros que las sábanas dolieron. El olor a limpio, el frescor, su tersura, se volvieron punzantes. Alguien había retirado aquellas otras sobre las que él había expirado, y con un  presentimiento fatal corrí hasta las ventanas, y pude ver como jugaban con el aire, ya limpias, en el tendal. Y tristemente pensé que su olor ya había desaparecido definitivamente de todos nuestros juegos de sábanas.Entonces fue cuando por primera vez me admiró la presencia de aquellos pájaros negros sobre el árbol, que bajo la luz del sol parecía florecido de extraordinarios frutos color azabache. Al verme los pájaros se quedaron inmóviles, y me observaron con una expresión en los ojos que me pareció reconocer. Aquella expresión me hizo sentir confortada, y de modo casi inmediato enjugó mi llanto. Me tomé una pastilla y me dormí. Pero en medio de la noche abrí los ojos y me encontré de nuevo con los pájaros negros que permanecían apoyados en el alfeizar de la ventana, observándome como si hubiesen venido a velar mi sueño. Y con esta impresión volví a caer en la negrura de la inconsciencia .


Durante una temporada apenas salía de casa, y aunque yo le había pedido a la mayoría de mis amigos que me dieran un tiempo y que todavía no vinieran a visitarme, jamás me sentía sola. Me bastaba la presencia de los pájaros negros vigilando mis movimientos de una habitación a otra a través de las ventanas que a conciencia yo dejaba abiertas, festejándome con alegres graznidos cada vez que yo salía al jardín. Sólo de vez en cuando recibía la visita de mi hermana y la de Carlos, el mejor amigo de Juan. En las primeras ocasiones acudían los dos juntos, pero pronto ocurrió que Carlos comenzó a venir solo con bastante frecuencia. La verdad es que Carlos siempre me había parecido simpático, y realmente me conmovieron y llegamos a intimar en sus intentos por animarme. 


Cuando regresé a mi rutina los pájaros negros me acompañaban a diario volando sobre mi cabeza durante el trayecto al trabajo. De una forma extraña su presencia me hacía sentir segura. También me aguardaban a la salida para acompañarme de vuelta a casa. Pero una tarde los eché en falta, y por un instante temí que hubieran desaparecido para siempre. Así que nerviosa me precipité hasta casa. Allí estaban, vigilando mi llegada desde el árbol del jardín. Y cuando subí a mi habitación a dejar mis cosas, me encontré sobre la cama una algarabía de flores silvestres que los pájaros habían reunido para mí, aprovechando que como ese día hacía calor me había dejado la ventana abierta. No podría explicar mis motivos, pero de inmediato me desembaracé del vestido, me quité la ropa interior, y desnuda me sumergí en ellas. Me embriagó el aroma y el tacto de las flores y comencé a tocar mi hambriento cuerpo, pensando en cuánto tiempo hacía que no recibía caricia alguna. Me masturbé con paciencia y esmero, del mismo modo en el que el amante aplicado hace el amor. Podía sentir como los ojos de los pájaros negros seguían con avidez el dibujo que sobre mi piel describían mis manos, y sus graznidos arreciaban con el embate de mis dedos.  Pero en vez de hacerme sentir incómoda, podría decir que su presencia me excitaba.


Durante un tiempo los días continuaron iguales. La única novedad es que Carlos venía más a menudo por casa. Me traía bombones, porque sabía del gran placer que encuentro en el chocolate. O la excusa era que alguien del trabajo le había regalado una botella de vino y le parecía desaprovecharla el hecho de catarla en soledad. En esas ocasiones enseguida lo tenía posicionado en mi cocina improvisando una deliciosa cena. Cosa que yo le agradecía porque nunca me ha gustado demasiado cocinar. Cada vez que Carlos se presentaba yo podía sentir un revoloteo de plumas inquietas entre las ramas del árbol. Revoloteo que sería imperceptible para cualquier otro ser humano, pero en aquellos momentos yo estaba ya muy sensibilizada a la presencia de los pájaros. En aquel movimiento me parecía intuir un empeoramiento en el estado de humor de los mismos, pero procuraba no darle importancia, puesto que las visitas de Carlos siempre me placían. En una de aquellas noches en las que nos habíamos excedido en la cantidad de alcohol, de un modo que no podría precisar, Carlos y yo nos encontramos en mi habitación, desnudos, haciendo el amor. Entre besos él no paraba de mascullar que siempre me había amado, palabras que tenían la extraña particularidad de provocarme la risa. Él no pareció ofenderse, puesto que debió atribuir aquella hilaridad al exceso de alcohol. Mientras disfrutábamos del sexo yo podía sentir como los pájaros negros se agitaban sobre las ramas, aunque era consciende de que, por una especie de precaución, no habían venido a asomarse a la ventana abierta. Sin embargo sus graznidos me parecieron amenazadores, incluso violentos. Y como si de algún modo quisieran impedir lo que estaba sucediendo parecían amalgamarse con nuestros gemidos.
Por todo ello cuando días después me comunicaron que Carlos había aparecido muerto en la calle debido a las numerosas heridas de algún arma blanca, arma que la policía no había podido identificar, me causó horror, pero no excesiva sorpresa.  Durante las noches me acompañan en la oscuridad las cuencas vacías de los ojos de Carlos, cuyas pupilas habían sido arrancadas con ensañamiento por sus asesinos. Los pájaros negros, conscientes del efecto devastador de sus actos, se mantienen en silencio y a distancia. Hasta esta misma mañana en la que vendrán unos operarios a talar el árbol, y se lo llevarán muy lejos. Tal vez para que forme parte de una mesa o lo transformen en silla. Y entonces los pájaros negros volarán para anidar en el árbol del olvido. Reconozco que siento una especie de ansiedad acerca de lo que sucederá después, cuando por fin esté definitivamente sola. Como tendría que haber sucedido después de su muerte.

miércoles, 16 de mayo de 2012

ÁNIMAS

Animas de Nuria Meseguer



Cuando el amor te rompe los dientes
en sus ansias por salir
y despegar
-alguien te hurtó la piel
y la viste
y la camina con un andar
que desconoces-
Cuando son tus alas
las que siembran cielos
y las colinas se apagan
al cerrarse tus ojos
Cuando ya no hay voz
sino en la lluvia
y trastabilla sobre tu cuerpo
la espuma de los mares
Cuando ya no eres en otro lugar
que en ese temblor
que estremece la hierba,
y bailas como hoja tierna
amarrada a la cintura de los vientos
Cuando todos los versos
se resumen en
“querer”
y tu lengua
es un barco a la deriva
en la quimera de atracar
al puerto de su boca
Cuando cada noche
cuentas del corazón
las vértebras
y en el lapso entre dos latidos
acunas una estrella
Es entonces
cuando sin comprender
“sabes”
que ese amor que te desdienta
 es la natural sinergia
entre las cosas vivas

martes, 15 de mayo de 2012

CANCIÓN DEL ALBA


Hoy rescato este poema de hace tiempo para mi Andre, porque cuando lo escribí no sabía que hablaba de ella....







La flor
apenas sabía gran cosa del mundo
Su única certeza
era el peso de aquella gota de rocío
que al alba amanecía sobre sus pétalos

La flor
sabía de amor